Archivo · Sellos independientes

Sellos que editaron veinte copias y cambiaron una escena

Catálogos mínimos, distribución a mano y redes de correo

Publicado el 14 de marzo de 2024 · Lectura de 9 minutos

Entre 1983 y 1996, un puñado de sellos porteños editó tiradas que hoy resultan difíciles de imaginar: veinte casetes, a veces quince, a veces treinta. No había depósito ni distribuidora formal. Había una grabadora doble, una fotocopiadora prestada y una lista de direcciones anotada en un cuaderno Rivadavia. Esos catálogos mínimos, sin embargo, circularon por todo el país y dejaron una marca que todavía se rastrea en el archivo.

El criterio estético de estos sellos solía ser tan casero como su logística. Etiquetas escritas a mano, carátulas fotocopiadas en papel obra, tipografías recortadas de revistas. Algunos numeraban cada copia; otros ni siquiera ponían el año. Esa informalidad no era descuido: era una forma de marcar distancia con la industria discográfica y de sostener un circuito propio, donde el objeto valía menos por su terminación que por lo que contenía.

Cómo viajaban veinte copias

La distribución funcionaba por tres vías que se cruzaban todo el tiempo. La primera era el correo: encomiendas con casetes envueltos en papel madera, a veces con una carta manuscrita que explicaba el proyecto. La segunda, los trueques en recitales: un sello cambiaba su cassette por el de otro, y así los catálogos se mezclaban sin pasar por ninguna caja registradora. La tercera, las listas de contactos que se copiaban a mano y se pasaban de mano en mano, con direcciones de Rosario, Córdoba, La Plata y algunas del exterior.

Ese sistema tenía un límite claro: lo que no se copiaba, se perdía. Muchas de esas grabaciones nunca llegaron a formatos digitales porque nadie las respaldó a tiempo. Las cintas quedaron en cajones, en departamentos alquilados, en cajas que se mudaron demasiadas veces. Cuando el archivo empezó a documentarlas, ya era tarde para algunas.

Sellos documentados en el archivo

  • Ediciones Cuarto Frío — activo entre 1986 y 1991. Catálogo de doce títulos, casi todos grabados en un mismo cuarto de Villa Crespo. Numeraba cada copia con lápiz.
  • Ruido Blanco — tiradas de veinte copias, carátulas fotocopiadas en dos tintas. Distribuía por correo a cinco provincias y mantenía una lista de canje con sellos de Rosario.
  • Fábrica de Cintas — activo a comienzos de los noventa. Mezclaba grabaciones propias con reediciones de material ajeno, sin avisar. Su catálogo es hoy una fuente de discusiones entre coleccionistas.
  • Lado B — sello breve, apenas ocho títulos entre 1989 y 1992. Se disolvió sin dejar listado completo; parte de su catálogo se reconstruyó con testimonios orales.

Revisar estos catálogos hoy implica aceptar sus huecos. Faltan carátulas, faltan fechas, faltan nombres. Lo que queda es suficiente para entender una economía informal que sostuvo una escena entera sin pasar por ningún sello grande. Y para recordar que veinte copias bien movidas pueden durar más que un catálogo entero.

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